Monday, April 01, 2013

EASTER

Semana Santa ya no es ni una semana ni santa. Creo que nunca lo fue del todo pero en mi memoria si que hay recuerdos de un ritual del que ya no quedan ni jirones a estas fechas. En aquellos dulces 80s y 90s cuando la caspa de la cristiandad forzosa de cuatro decadas y pico de meapilas ya estaba mas que desconchada, lo unico importante al llegar Marzo era sacudirse el mal cuerpo de los primeros examenes parciales despues de los excesos de Carnavales y asegurarse unos cuantos dias lejos del barullo de las masas fuera del radio de accion de los turistas de sandalias con calcetines blancos y con aspecto de padecer un ataque de Rosacea durante su estancia en la isla.  Lejos de alquilar un cuchitril en el sur por una fortuna o irse de peregrinacion pagana a Fuerteventura en un ferry atiborrado de furgonetas cargadas de colchones flex para meter a ocho en un apartamento de cuatro,  mi idea de desconexion iba mas alineada con escapadas a La Aldea con Angel y Alex a una casa perdida desde la que haciamos caminatas a la playa, lejos del gentio, cocinando a deshoras y leyendo libros, o en largos silencios zen de calma absoluta en la playa sin mas sonido que el oleaje. Mi todoterreno siempre llevaba bajo el asiento trasero una muda extra y un saco de dormir para improvisar noches o dias en lugares perdidos, casi siempre en la costa del macizo oeste de Gran Canaria, alli donde mas dificil fuera el acceso mejor, donde mas tranquilo se pudiera estar, donde mas lejos se pudiera ir y donde mas limpio estuviera el mar y el sol tardara lo maximo posible en desaparecer por el horizonte.  De peregrinaciones de semana santa, en tiempos en los que las carreteras eran estrechas y las pistas de tierra una garantia de paraiso ya no hay nada. Mis dias en el El Rio, el Juncal, El Lagarto, el Cantil, Guayedra y El Dedo de Dios, Las Dos Rajas, La Palma, Las Arenas, Faneroque, La Aldea y Gui-Gui nunca volveran. Y es que aunque las visite de nuevo nunca seran como yo las conoci y las vivi: limpias, sin gente, muchas veces casi inaccesibles, escondidas, casi privadas durante dias enteros, tranquilas y casi puras de visitantes despistados que aparecen de buenas a primeras a romper el encanto con una mesa plegable, la parentela, una tonga de tupperware y con el radiocassette en mano a toda leche.

Me queda ese recuerdo de haberlas vivido en unas condiciones casi unicas e irrepetibles y es por eso por las que ya no las echo de menos; porque se que de volver a verlas como las vi la ultima vez se me cae el alma al suelo del deterioro que la enorme presion de durante las ultimas decada ha hecho que se conviertan en lugares de masas que perdieron esa energia intangible pero perceptible y el encanto que las hacian especiales; como le ocurrio a mi puerto de Las Nieves, donde aprendi a nadar en el oceano abierto entre olas mas altas que yo cuando era un pingajo delgaducho, donde aprendi a bucear, a navegar y a apreciar frente a la marea que las mejores cosas que la vida te ofrece son simples y que las tomes cuando vienen porque una vez pasa el tren, ya es tarde.

Ya aqui en USA y sin tormento ninguno por no ver tronos por las calles ni oler a incienso, si que me paro a pensar en el rarisimo fanatismo que existe en esta tierra poblada de multitud de variedades de iglesias paridas como modelos experimentales de la General Motors, como hijas bastardas de una madre soltera ligera de cascos que engendra biblias tuneadas que dicen e interpretan las cosas a su manera, con sus ritos raros y fanatismos propios de esta babel.  Esta america contemporanea en estas fechas se me presenta obsoleta y retrasada, como en necesidad urgente de un hervor para que termine de sacudirse estas anacronias impropias ya de un pais moderno, aunque muy joven, para comprender ciertas cosas que aqui se entretienen  en llaman Easter mientras un conejo de peluche gigante reparte huevos de colores.